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Desde 1998 todos los pronunciamientos de los tribunales
eclesiásticos han dictaminado que los bienes depositados en Lérida deben
ser devueltos a sus legítimos dueños. Si el pasado mes de septiembre
cuando celebrábamos el dictamen del Vaticano, que obligaba a la Diócesis
ilerdense a devolver a Aragón el patrimonio religioso, nos hubieran
dicho que ocho meses después íbamos a estar como estamos, no hubiéramos
dado crédito. Parecía el principio del fin del conflicto. Aragón estaba
cerca de recuperar las 113 piezas de Barbastro-Monzón retenidas en
Cataluña, sin embargo el obispo ilerdense, Francesc Xavier Ciuraneta,
que vislumbraba un final del conflicto desfavorable a Cataluña, enredó
el asunto privado, hasta ese momento de la iglesia, en los hilos
políticos de la Generalitat. El Govern decidía posteriormente dar luz
verde al retorno aunque fuera con condiciones. Faltaba que Ciuraneta
cumpliera con la sentencia de la Santa Sede y no ha sido así. Ahora nos
encontramos con que, tras la ruptura del tripartito catalán y la salida
de la Consejera de Cultura, Caterina Mieras, los partidos catalanes han
vuelto a sus andadas decidiendo ir un paso más allá, blindando las obras
sacras. Sería deseable que los partidos en Aragón, PSOE, PP, y Chunta
(socio de Esquerra Republicana de Cataluña), convencieran de la
devolución a sus respectivos en Cataluña que se empecinan en retener el
patrimonio aragonés y se niegan a entregarlo.
La grave provocación por parte de los partidos políticos catalanes en el
conflicto es evidente, como también lo es el que los aragoneses queramos
que se cumpla la sentencia del Vaticano que dictamina la devolución a
las parroquias aragonesas. Pedimos lo nuestro; lo razonable sería que se
acatara la resolución. Entiendo que, aún valorando los fuertes lazos que
nos unen a las dos comunidades, los aragoneses no debemos ni podemos
permitir decisiones como la de blindar nuestros bienes, primero porque
la moción del Parlamento catalán instando a no permitir la salida de las
obras hasta que hubiera acuerdo sobre las condiciones, supone una
injerencia en toda regla. Hay que recordar que desde Aragón se había
argumentado que la negociación debería ser en todo caso posterior al
cumplimiento de la decisión de la Santa Sede. En segundo lugar, no
podemos permitir la decisión de la Generalitat porque es indignante y
roza, como decía Biel, la tomadura de pelo.
La resistencia del Obispo de Lérida al cumplimiento de las decisiones
vaticanas exige que la Santa Sede ponga el final definitivo e inmediato
al conflicto. Desde el PAR dijimos en su momento que éste es un asunto
eclesiástico y no político; sin embargo, porque los acontecimientos han
llevado a la situación actual poco deseable, nos encontramos en tan
desagradable circunstancia. Desde mi partido no estamos dispuestos a
vejaciones de este tipo. El asunto es serio y en Aragón escuece.
Supongamos que todos nos negáramos a acatar sentencias, a enmascarar
cuando nos conviene la sinrazón para que parezca razonable y
“políticamente” correcta, y a pedir lo que en conciencia sabemos que no
es nuestro. Sería un caos, un desorden de tal magnitud que haría
tambalear el sistema de valores y reglas al que democráticamente nos
debemos todos para una convivencia justa y en paz. Pedimos lo nuestro
con el aval del reconocimiento a nuestra razón, que se cumpla la
justicia que ya está dictaminada.
El presidente de mi partido, José Ángel Biel, ha sido muy claro y
contundente “la moción de la Cámara de Cataluña es indignante y pone
en tela de juicio las relaciones que Aragón pueda mantener con esa
comunidad vecina. Seguramente, habrá que dejar de mirar a la Eurorregión
de Cataluña para empezar a velar por la del Valle del Ebro”. Cuando
Biel, plantea la posibilidad de organizar una manifestación para
reclamar los bienes, está ofreciendo una vía para que Aragón demuestre
firmeza en la reclamación y exprese su indignación por los hechos. La
defensa de la verdad, el acatamiento de los dictámenes de la justicia y
la honestidad, no deberían ser burlados. Si así sucede y aceptáramos “el
callar por no pecar”, nos estaríamos traicionando a nosotros mismos. Las
connotaciones políticas que podría acarrear el conformismo podrían tener
consecuencias futuras nada recomendables.