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El gobierno municipal de la ciudad de Huesca llega al
“ecuador” de su actual mandato con un balance claramente en números
rojos. No me refiero a las cuestiones de la hacienda local, cuya
recuperación fue forzada mediante un obligatorio plan de saneamiento y
que dispone de ingresos extraordinarios, únicos en la Historia de la
ciudad, por operaciones urbanísticas.
Ese balance tiene que ver con el despilfarro del impulso social que cabe
suponer de inicio a una mayoría absoluta -también única en la Historia-
y en especial, a la capacidad para dilapidar la confianza en las propias
posibilidades de la ciudad y el optimismo generado en los cuatro años
anteriores. Hoy, los síntomas son de agotamiento, pérdida de
credibilidad, desorientación y derroche del trabajo hecho en el pasado
mandato, gracias a una obcecación en derribar cualquier proyecto que no
llevara la propia firma.
El color rojo de esos números es además el mismo tono con el que se ha
encendido la alarma entre los agentes sociales y económicos ante las
inciertas e incluso nulas perspectivas de que este Ayuntamiento fomente
el aprovechamiento para Huesca, de las oportunidades que están
generando, por ejemplo, las nuevas infraestructuras de transporte o la
ocasión de la Expo, otra vez con carácter histórico.
Todos coincidimos en que el siglo XXI puede y debe ser el siglo de
Huesca, pero en estos años decisivos, esa aspiración se ve sometida a un
gobierno municipal entregado a los golpes de efecto propagandísticos de
una sola persona y, por encima de todo, a su ausencia de voluntad para
promover acciones y planificación sobre aquellos aspectos que son
determinantes para el futuro de la ciudad. En lugar de esto, se aplica
una megalomanía entreverada de pretensiones por elevar a la categoría de
trascendental cada pequeña obra y ocurrencia, además del espectáculo
organizado en toda acta de replanteo, con amplio séquito incorporado.
Sin embargo, los hechos son tozudos y ponen en su sitio a la propaganda
y a sus autores. En este sentido, el repaso de los acontecimientos
relacionados con el Ayuntamiento de Huesca durante este segundo año del
presente mandato es casi demoledor. Ha sido el año del rotundo fracaso
en la operación de las Lomas de Cillas, de la reducción de empleo en
Alvisa, de los retrasos impuestos a la rehabilitación del Olimpia, de la
precipitada decisión de construir un teatro multiusos y no un palacio de
congresos y ferias, de la decepción por el mapa de titulaciones de la
Universidad de Zaragoza (aparejada a las reticencias frente a la
Universidad San Jorge cuya actitud es muy diferente hacia Huesca), de la
paralización de la ponencia de Seguridad Vial y de cualquier decisión
sobre el tráfico, de la apropiación del consenso sobre la Expo para
transformarlo en una polémica sobre contratación de asesores, de la
conversión en nada de la ponencia sobre alta velocidad ferroviaria, de
la injustificada dilación para resolver la cuestión pendiente del
traslado de las harineras, de la negativa a un nuevo ARI para el casco
histórico, del conflicto generado con los vecinos por el problema de las
“zonas de marcha” que no se ha sabido afrontar, de la confirmación de
que el Ayuntamiento se negó injustificadamente a que Mildred ampliara y
creara empleos en la ciudad, del parón al centro de acogida turística en
el antiguo mercado para adaptarlo a todavía no se sabe qué, del
desencuentro con la oposición (permanente), con la DPH (por la Expo) o
con la DGA (asunto de la antigua vía pecuaria, entre otros), de la
crisis municipal con sustitución de responsabilidades, de la caprichosa
prohibición de actuaciones y espectáculos en el “Café del Arte”, del
“liderazgo” de Huesca en el incremento del precio de la vivienda, del
cierre de las piscinas por falta de previsión ante una sequía más que
anunciada,… Ha sido incluso el año en que Huesca fue calificada
despectivamente como “barrio” y el Alcalde respondió con tibieza.
Esto es lo que ha pasado pero quizá es tan importante o más lo que no ha
pasado. Huesca no ha levantado el vuelo en su capacidad de atracción de
industrias, ni ha ganado presencia o prestigio exterior. En general, no
han mejorado las condiciones de vida de los oscenses. Sin embargo, la
desproporción entre carga impositiva a los ciudadanos y los servicios
prestados por el Ayuntamiento no para de crecer.
La mejor muestra de todo lo expresado son las declaraciones en este
mismo periódico del portavoz del grupo de gobierno (DIARIO DEL ALTO
ARAGON 22-05-2005), que señala como mejor logro propio la estabilidad
institucional, “olvidando” una vez más que la participación del PAR y de
IU fue clave entre 1999 y 2003 o que sólo faltaría que fuera inestable
una mayoría de 12 sobre 21 concejales. También reitera autoalabanzas
basadas especialmente en Walqa y en PLHUS, inversiones ambas impulsadas
desde el Gobierno de Aragón a las que el Ayuntamiento, en todo caso, se
ha sumado.
Con todo ello, aún es más preocupante una política que parece de “tierra
quemada” por el abuso de la mayoría absoluta, del unilateralismo y
personalismo, de la confrontación con casi todos los sectores y
entidades, de la negativa a flexibilizar posturas para llegar a
acuerdos, de la prepotente oposición a la oposición. En la época del
“talante” por parte de los dirigentes políticos, Huesca es de nuevo una
excepción. Tierra quemada que está conduciendo al descrédito
Ayuntamiento ante los vecinos y que abre un horizonte oscuro tanto en el
ámbito institucional, como en la mera gestión y administración.
Por personal decisión, sólo hay un responsable: el Alcalde Elboj. El
mismo que evita su presencia en situaciones difíciles como la asamblea
de vecinos afectados por las “zonas de marcha” o en la presentación de
las restricciones al uso de las piscinas, y sin embargo quiere luego
aparecer como el “conseguidor”. Un Alcalde que sorprende a su propio
grupo, ya dividido, con proyectos sobrevenidos y cambios de planes, y
que no es capaz de entenderse ni con sus compañeros de partido en otras
administraciones. El que ha decidido, por encima de otras prioridades,
necesidades y demandas, anteponer el “minimalismo” urbanístico, la
“monumentalización” o la cultura de vanguardia. El que está consiguiendo
abrasar a sus concejales, uno tras otro, realzando su personal
importancia. El que controla cada detalle y decisión, de manera que
ninguno de los fracasos de este año le ha sido ajeno.
Debe haber un cambio en la forma de gestionar y en los objetivos de esa
gestión. Es evidente. Pero ni se percibe un atisbo de autocrítica, sino
complacencia y empecinamiento o quizá silencio temeroso y obediente. Sin
embargo, es el momento en que debería comenzar un nuevo período que no
tuviera sólo como meta llegar a tiempo de cortar cintas inaugurales
antes de las elecciones y salir fotografiado en la prensa. Un periodo
para enfrentarse de una vez y no sólo con parches de emergencia a los
problemas del agua, el tráfico, la vivienda, los ruidos, los servicios
municipales, la creación de empleo, el desarrollo, el casco histórico,
la integración social y de los inmigrantes… No va a ser así, pese a la
disposición de muchos a colaborar, y al final Huesca y los oscenses
serán los perjudicados. Queremos una ciudad que esté viva, no que sólo
sobreviva. |