|
En demasiadas ocasiones, al hilo de controversias y
debates políticos, económicos o sociales, los aragoneses parecemos
entregados al lema olímpico “más lejos, más alto, más fuerte”. Muchas
veces incluso cabría decir que nuestras actitudes y pronunciamientos
obedecen al “más difícil todavía”.
El auténtico crisol de estas consideraciones, junto con argumentos,
opiniones, posturas y poses, son las cuestiones hidráulicas. Por sus
propias razones, unas comprensibles y otras no tanto, determinados
grupos de nuestra sociedad, se conducen como si estuvieran empeñados en
cerrar de un portazo cualquier salida. En esas estamos, mientras se nos
han ido más de 20 años desde la última obra verdaderamente decisiva,
transcurridos entre el olvido de la administración central o encerrados
en nuestro laberinto.
Ahora, cuando se estaba ya concretando la labor de propiciar el
imprescindible entendimiento y compromiso, gracias a la tarea
desarrollada desde el Instituto Aragonés del Agua y la Consejería de
Medio Ambiente del Gobierno de Aragón, sobreviene un nuevo enriscamiento
de las posiciones.
No quiero analizar los motivos de cada cual, confesables o no. Se
imponen la cordura, la perseverancia en el diálogo aunque sea forzado
por el hecho objetivo de que los enfrentamientos no resuelven nada para
nadie, y el respeto a los derechos de todos pero también a los consensos
que exigen cesiones. No es aceptable ni que se trate de derribar los
acuerdos mayoritarios porque no sean del personal agrado mientras a la
vez se apela fingidamente a la negociación, ni pretender condicionar su
resultado, ni que se intente dilatar por acción u omisión las soluciones
pactadas. Todo ello sólo puede ser valorado como un error.
No es un asunto que admita irresponsabilidades. El agua es un recurso
que está en la base de cualquier perspectiva de futuro. En Aragón
probablemente más aún porque no nos sobran las herramientas, ni las
manos para utilizarlas.
Todavía es peor que esto suceda ante la actual sequía y frente a los
meses, quizá críticos, que se avecinan. En este sentido, creo que no se
puede pasar por alto que precisamente las obras hidráulicas, que hoy
hubieran sido imposibles a causa del encono de muchos, son las que están
garantizando el abastecimiento de agua a cientos de miles de aragoneses.
Aún se recuerda en numerosas localidades las balsas para recoger la
escasa lluvia, el barreño que usaba toda la familia o simplemente la
sed. Todo se hubiera perdido este año sin esas regulaciones que aportan
el elemento vital a personas, industrias, producción eléctrica, ganados,
campos, actividades de ocio,… Embalses que han llegado a ser zonas
protegidas medioambientalmente.
Naturalmente que hay que administrar mejor el recurso, y claro que deben
ser resueltos los problemas de otras poblaciones que creían asegurado su
suministro natural. Pero al mismo nivel tiene que estimarse que aún no
está inventada -en este clima que “no sabe llover” porque lo hace
torrencial o parcamente-, la manera de vivir sin agua ni de guardarla
sin hacer obras de almacenamiento y regulación.
A partir de ahí, las opciones técnicas, ambientales, legales, sociales
tienen que ser sopesadas y objeto de acuerdo. Es posible alcanzarlo para
aquellos proyectos donde existan alternativas, como se ha demostrado.
Tiene que ser posible también para aquellos otros donde no las haya. En
ambos casos, cuanto antes mejor e incluyendo la máxima generosidad para
todas las restituciones y compensaciones factibles hasta garantizar el
porvenir a todos. El empecinamiento en el “no” es estéril. Las
acusaciones mutuas, cada vez con más gruesas palabras o peregrinos
razonamientos, inútiles y contraproducentes.
Insisto: se impone la cordura, el sentido común. Si se me permite una
referencia personal, durante toda mi vida en política y fuera de ella,
he constatado que es la mejor, la única forma de resolver los
conflictos. Quizá porque en el alto Pirineo, la idiosincrasia del pacto
está muy interiorizada, quizá porque mis convicciones ideológicas se
plasman en la firmeza flexible.
Resolvamos esta crisis de sequía que demanda urgencia y vamos a
encontrarnos todos, repito todos, en la tarea de construir juntos, el
futuro de nuestra tierra en torno al agua. De quien no quiera o se
esfuerce en impedirlo, será su responsabilidad y por ello, deberá rendir
cuentas ante los ciudadanos. |